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En España, más de seis millones de personas padecen dolor crónico. Lo primero es abordar el dolor como una enfermedad, no como un síntoma. Y se debe hacer en el momento en que «deja de advertir de algún peligro en el organismo, de tener una función defensiva, para convertirse en un problema».

Las unidades del dolor fueron creadas especialmente para tratar casos de enfermos de cáncer; amputaciones, etc., que no respondían a tratamientos convencionales. En la actualidad cualquier tipo de patología dolorosa es susceptible de ser tratada, dolor oncológico, cefaleas, neuralgias, dolor de origen musculoesquelético, vascular, artrósico, etc.

Una vez estudiado cada caso, se realizan tratamientos dirigidos a resolver la causa del dolor siempre que sea posible. En caso contrario, se puede optar por tratamientos que puedan paliar la intensidad del dolor.

Los tratamientos van en consonancia con la dificultad para eliminar el dolor. Se eligen siempre en primer lugar los tratamientos más sencillos y menos agresivos.
Las técnicas de infiltración, cuando están indicadas, suelen ser muy eficaces. Y, si el problema lo precisa, estudiamos y explicamos al paciente la conveniencia de un implante analgésico (catéter epidural, bomba intradural, estimulador medular, reservorios, etc.).
Los problemas de espalda como la lumbalgia, la ciática, la hernia discal y la estenosis de canal suelen ser el primer motivo de consulta. Le siguen las neuropatías, como la del trigémino, y la artrosis. Los bloqueos nerviosos transitorios con anestésicos locales pueden ser valiosos para confirmar el diagnóstico diferencial en algunas formas de dolor crónico. Si es así, podemos aplicar lesiones por radiofrecuencia.

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